Antes de contarte por qué escribo lo que escribo, me gustaría que vieras este vídeo. Dura siete minutos, sé que son muchos, pero casi te prometería que te va a cambiar la vida. Después de verlo, no te olvides de leer después lo que tengo que decirte.

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En numerosas ocasiones me han preguntado “Yauci, ¿por qué escribes cosas tan tristes?”.

A día de hoy tengo tres libros publicados y, en todos, los personajes sufren ciertos dramas que cambian su forma de ver la vida. Sé que a nadie le gusta que el drama domine su vida diaria. Sé que uno no quiere mirar adonde ocurren las desgracias. Pero ocurren, y si no quieres verlo, estás cometiendo un error.

Cuando nos levantamos por la mañana, normalmente tenemos una rutina bastante marcada. Unos días estamos más ocupados y otros menos. En nuestra agenda contemplamos lo que va a ocurrir las próximas semanas, y comenzamos a planificar las siguientes. Solemos hacer eso con la mayor parte de lo que tenemos pendiente. Hay personas que, por el contrario, disfrutan de lo que llamamos “planes improvisados”, que siempre se dice que son los mejores. También miramos a largo plazo: sacarnos tal carrera, estudiar tal cosa, conseguir tal trabajo, triunfar en tal otra. No contemplamos la posibilidad de que todo se nos vaya a la mierda esta noche, antes de acostarnos.

Todos conocemos la frase de “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes”. Todos asentimos cuando la oímos, y hasta diría que todos nos creemos que lo sabemos. Es casi como ese juguete que teníamos de niños y al que no le hacíamos caso. Hasta que nuestro hermano pequeño o nuestro amigo del colegio se lo quiso llevar.

La realidad es que las personas nos acostumbramos a lo que tenemos sin darnos cuenta. Perdemos la noción de lo que importa y lo que no, aunque eso nos haga rabiar. Un día recibimos una llamada de teléfono que descolgamos sin saber lo que nos espera, y un minuto después hemos recibido un aplastamiento emocional que no sabemos cuánto nos va a dejar en el suelo. Esa llamada, esa noticia, nos perseguirá durante días, semanas y la iremos asimilando poco a poco. Porque aquello que te pilla por sorpresa jamás se asimila rápido. Con el tiempo nos daremos cuenta de que la vida jamás volverá a ser como fue, que las personas que estuvieron con nosotros nunca estarán frente a nuestros ojos y que no podremos oír sus voces.

Qué duro.

Algunos pensarán “qué dramático”. “Yo no tengo ganas de leer esto, me gusta mi vida tal como está”. Y sí, es dramático. Debo reconocer que me alegro de que pienses que te gusta tu vida como es.
Vivimos en una parte del mundo y en una época fabulosa en la que no es muy frecuente perder a la gente que nos importa, o enfermar gravemente. Y aun así, por mucho que en esta sociedad hayamos conseguido frenar ese destino al que no queremos llegar, siempre termina volviendo. Porque la vida acaba tarde o temprano, el cuerpo sufre y las personas envejecemos. Podremos cruzar las islas griegas en velero, dar la vuelta al planeta en bicicleta o ser campeones del mundo de lo que queramos, pero voy a contar un secreto que casi nadie sabe: eso nunca podrá equipararse al pequeño logro de disfrutar de las personas que queremos.

Eso es lo único que importa.

Así que, te voy a contar por qué escribo

No escribo sobre enfermedades ni sobre dramas. Escribo sobre personas que lo tenían todo y que creían que les faltaba el mundo. Escribo sobre vidas que podrían llenarse con más actitud y con menos experiencias. Escribo sobre gente que aprende que sus seres queridos son lo más importante que puede existir jamás. Y lo aprende como lo hacemos todos: sufriendo. No, perdón. Hay una forma mejor de aprenderlo: imaginarlo. Vivirlo sin vivirlo. ¿Qué sentido puede tener eso? El mismo que tiene leer novelas. Eso es lo que buscamos en los libros, ¿no? Tener vidas y experiencias que jamás hemos tenido.

Quizá cuando la gente lee mis libros no se parta de risa (que estoy seguro de que, en ocasiones, lo hace, que cuando me pongo profundo aquí me ves, pero tengo más sentido del humor que Rajoy. O que José Mota, mejor). Lo que espero conseguir como autor, aunque sea muy ambicioso, es que quien me lea recuerde que la vida es mucho más que lo que vemos a nuestro alrededor. El mundo está lleno de maravillas, pero la mejor de todas está dentro de nosotros, y verla depende de nuestra actitud.

Solamente de nuestra actitud.